Desafío 13: Novela
😊 ¡Llegamos
al desafío que tanto estaba esperando! Por accidente, mientras trabajaba en el
libro anterior, Ejercicios con IA’s:
Google Vs. Bing, puse un índice en ChatGPT, y surgió algo interesante: Él
hizo un resumen metafórico de lo que podría contener cada capítulo, y Copilot
comenzó a escribir una novela. Después yo los guie para que narraran dos más. Y
de esto se va a tratar este desafío.
🖋️
Les voy a indicar a las inteligencias artificiales que escriban una novela de
terror, titulada: Sueños atroces, con
el siguiente índice que verán en una tabla más abajo. Primero les diré que
armen una sinopsis, luego que comiencen con la introducción, después el
capítulo 1… y así sucesivamente, trabajando en un género diferente cada
sección, y el estilo literario de uno de los escritores con los que armé la
ficha técnica y comparativa.
║ PARTE ║ TÍTULO ║ GÉNERO ║ ESTILO / AUTOR ║
╠════════════╬════════════════════════════╬══════════════════════╬════════════════════════════╣
║ Intro.
║ Freudnautas ║
Ciencia Ficción ║ Gabriel Bermúdez Castillo ║
║ Cap. 1
║ Pesadilla Verde ║
Aventura ║ Stephen King ║
║ Cap. 2
║ Pesadilla Amarilla ║
Abstracto/Misterio ║ Fredric Brown ║
║ Cap. 3
║ Pesadilla Azul ║ Suspenso ║ H. P. Lovecraft ║
║ Cap. 4
║ El Maestro de las Pesadillas║ Acción ║ Stanisław Lem ║
╚════════════╩════════════════════════════╩══════════════════════╩════════════════════════════╝
Y para que no
haya coincidencias, como sucedió en algunos desafíos, les diré a las IA’s que
se inspiren en una película diferente:
·
ChatGPT ➡️
Koma (Sumergidos) –2020
·
DeepSeek ➡️
Ink—2009
·
Qwen ➡️
Dreamscape (El Escape de los Sueños) –1984
A
ChatGPT le diré que sea audaz para que se ponga a la par de sus competidores,
ya que él es el más conservador. No escribiré consigna por consigna (no la haré
visible para ustedes), y les diré a los chats que no hagan comentarios para que
puedan narrar más, y para que a ustedes les sea una lectura fluida. También les
pediré que culminen con un epílogo y generen una imagen de la escena que más
les gustó de la novela que ellos mismos escribieron. ¡Estoy ansioso por leer
los resultados! ¿Y ustedes?
🇺🇸 ChatGPT: Sueños Atroces
Sinopsis
Un accidente imprevisto arrastra
a un grupo de personas a un territorio donde los límites entre la vigilia y el
inconsciente se deshacen. Allí, en un mundo de arquitectura rota y lógica
deformada, cada pensamiento se vuelve tangible, cada miedo se materializa, y
cada deseo oculto cobra cuerpo.
Los viajeros, llamados freudnautas,
pronto descubren que este paisaje no es un sueño cualquiera, sino un laberinto
donde se ponen a prueba sus memorias, traumas y culpas. Lo que parecía una
exploración mental se transforma en una lucha por la supervivencia, atrapados
en pesadillas que se tiñen de verde, amarillo y azul, cada una más letal que la
anterior.
Entre pasillos interminables,
ciudades hundidas y horizontes que se doblan sobre sí mismos, los protagonistas
deberán enfrentarse a una mente que parece observarlos y manipularlos. Esa
mente, invisible y paciente, se revela como el verdadero dueño del lugar: el
Maestro de las Pesadillas.
En un universo donde la lógica se
derrite y el miedo se convierte en materia, los freudnautas deberán responder
la pregunta más aterradora: ¿es posible despertar de un sueño que nunca
comenzó?
Introducción:
Freudnautas
La caída no tuvo ruido. Ninguno
de los cinco recordaba el instante preciso en que sus cuerpos habían dejado de
pertenecer al mundo sólido. Un segundo antes estaban allí —hospitales,
pasillos, calles, accidentes— y al siguiente se encontraron flotando en una
estructura sin bordes, como si alguien hubiera arrancado la realidad de cuajo y
la hubiera vuelto a ensamblar con piezas equivocadas.
No había cielo ni tierra, solo
planos desajustados que se unían con la torpeza de un rompecabezas roto:
corredores que se doblaban sobre sí mismos, puertas que abrían hacia túneles
verticales, puentes colgando sin anclaje alguno, paisajes inmensos detenidos en
un instante de catástrofe. Cada fragmento vibraba con una vida propia, como si
todo lo que alguna vez soñó la humanidad hubiese sido arrojado allí,
desordenado y hambriento.
Los freudnautas —así se llamarían
después, aunque ninguno lo supiera todavía— avanzaban incrédulos. Sus pasos no
dejaban huella, pero sí resonaban como si el suelo los estuviera escuchando. El
aire tenía densidad de agua tibia; cada inhalación era un esfuerzo, como respirar
dentro de un acuario lleno de sombras.
—No es un coma —murmuró uno, con
la obstinación del que quiere conservar su cordura—. Es otra cosa.
Nadie respondió. ¿Para qué? Lo evidente les rodeaba: aquello no pertenecía a
los dominios del sueño corriente. Era una cartografía imposible, un mosaico de
conciencias en ruinas.
Allí, los recuerdos no eran
simples evocaciones: se erguían en formas corpóreas, torpes y amenazantes. Una
infancia frustrada podía materializarse en pasillos verdes que sofocaban, una
traición amarilla destellaba como relámpago eterno en el horizonte, un océano
azul de remordimientos se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Pronto entenderían que aquel no
era un accidente ni un limbo clínico. Era un territorio en disputa, un tablero
donde fuerzas invisibles los empujaban de pesadilla en pesadilla, probando la
resistencia de su cordura. Y si había un tablero, también debía de haber un
jugador.
Lo único que les quedaba era
avanzar, cada uno con la sospecha amarga de que, en algún rincón de ese reino
torcido, alguien —o algo— ya conocía sus miedos más íntimos y los estaba
esperando.
Capítulo 1: Pesadilla Verde
Al principio fue un olor. Un
hedor dulzón y ácido que se filtraba en la garganta como un vómito a medio
tragar. Luego vino la humedad: gotas invisibles se pegaban a la piel, como
dedos fríos acariciando sin permiso. El suelo, si se lo podía llamar así,
estaba cubierto por una maleza fibrosa, de un verde venenoso, que palpitaba
como un músculo vivo.
Se dieron cuenta demasiado tarde
de que aquel lugar respiraba.
Daniel fue el primero en hablar,
aunque su voz era apenas un hilo que intentaba no quebrarse.
—Esto no es un bosque.
Y tenía razón. Los árboles no eran árboles: eran columnas torcidas, hinchadas
de savia oscura, que se retorcían como lombrices gigantes. Las hojas, amplias
como velas náuticas, chorreaban un líquido esmeralda que, al caer, levantaba
humo en el aire, como ácido.
La luz que se filtraba desde
arriba era enfermiza, de un verde radioactivo, sin sol visible, como si la
atmósfera misma se hubiera infectado. Cada paso que daban hundía sus botas en
una capa esponjosa que se abría y se cerraba, como una boca devorando aire.
—Estamos dentro de algo vivo
—dijo Clara, y nadie se atrevió a rebatirla.
El murmullo comenzó poco después.
Primero un roce, luego un susurro que parecía multiplicarse entre las ramas
hinchadas. Palabras. O al menos algo que sonaba como palabras, pronunciadas en
un idioma que ninguno conocía, pero que de alguna forma entendían con un
escalofrío: Quédense… no se vayan…
Entonces el bosque cambió. Las
columnas empezaron a inclinarse hacia ellos, como si quisieran verlos de cerca.
El suelo latía con más fuerza. Y de entre la maraña surgieron figuras que no
eran ni hombres ni animales: siluetas cubiertas de musgo, ojos lechosos
incrustados en la corteza, bocas que rezumaban lodo. Caminaban torpemente, pero
con la certeza de quien sabe exactamente a dónde ir.
Los freudnautas corrieron.
Tropezaron, se desgarraron la piel con ramas que parecían uñas, tragaron el
aire venenoso mientras la selva los perseguía. Cada vez que miraban atrás, el
bosque había cambiado de sitio: los árboles se habían reacomodado, cerrando
caminos, bloqueando la huida.
Daniel cayó en una zanja cubierta
de raíces viscosas. Las raíces se enredaron en sus brazos y piernas,
sujetándolo con la fuerza de un abrazo asfixiante. Gritó, y del fondo de la
tierra emergió un rostro hinchado, con su misma cara, pero devorada por hongos
verdes que le crecían desde la boca. El doble abrió los labios y lo mordió en el
hombro.
Clara y los otros lo arrancaron
de allí a tirones, desgarrando piel, pero apenas lograron liberarlo. Daniel
jadeaba, con los ojos desorbitados, mientras la herida en su hombro supuraba un
líquido verde que latía como si tuviera pulso propio.
El bosque volvió a murmurar, más
fuerte ahora, con una cadencia que parecía risa:
Uno de ustedes ya es nuestro…
El grupo se quedó inmóvil un
instante, respirando el aire viciado, conscientes de que la selva los había
marcado. Y que aquello era apenas el comienzo.
Capítulo 2: Pesadilla Amarilla
El amarillo era insoportable. No
un amarillo solar, alegre o tibio. Era un amarillo sucio, delgado como humo y
pesado como plomo, que lo cubría todo.
El grupo salió del bosque verde
con la urgencia del que escapa de un incendio, y se encontró en una explanada
interminable, sin horizonte. El suelo parecía de arena compacta, aunque al
caminar notaban que sus pasos no producían sonido. Tampoco había viento ni
olor. Solo aquel resplandor amarillento, como si alguien hubiera pintado el
aire con yodo.
—¿Dónde estamos ahora? —preguntó
Clara, pero nadie respondió.
El silencio era tan absoluto que
incluso las palabras se desmoronaban al salir de la boca. Apenas pronunciadas,
se apagaban como velas en un cuarto cerrado. Era un silencio denso, sospechoso,
lleno de algo que aún no se dejaba ver.
De pronto, una sombra cruzó el
suelo frente a ellos. Una sombra sin dueño. Al mirarla, descubrieron que no
proyectaba forma alguna; era solo una mancha negra, oscura como un agujero de
papel quemado, que se deslizaba suavemente, hasta detenerse.
—Eso no es posible —susurró
Daniel, todavía pálido por la herida verde.
La mancha comenzó a
multiplicarse. Primero dos, luego cinco, luego una docena. Todas se movían con
la misma cadencia, como insectos gigantes sin cuerpo. El amarillo del ambiente
las hacía más nítidas, como si alguien hubiera pensado ese color solo para que
las sombras se vieran con claridad.
El misterio creció con un detalle
nuevo: cada sombra imitaba los movimientos del grupo con un retraso de
segundos. Si Clara levantaba un brazo, la sombra más cercana tardaba tres
segundos en hacer lo mismo. Si Daniel respiraba agitado, una silueta oscura lo
replicaba, moviendo un pecho inexistente.
—Son nosotros —dijo alguien, y
todos lo supieron de inmediato.
El aire se espesó. Las sombras
comenzaron a ganar volumen, como si absorbieran la luz amarilla. La primera que
completó la transformación se alzó del suelo con la misma estatura de Gabriel,
pero con la piel amarilla, sin rasgos, salvo unos ojos huecos que parecían
túneles.
Una tras otra, las figuras
emergieron. El suelo amarillo se pobló de dobles sin rostro, que respiraban con
el mismo ritmo del grupo, que caminaban a la par, pero siempre un paso por
detrás.
No atacaban. No hablaban. No
hacían nada salvo imitarlos.
Y fue ese detalle, esa quietud
mecánica, lo que encendió el miedo verdadero. Porque nada que imita tan bien
puede limitarse a copiar. Antes o después, pensaron todos, esas copias iban a
hacer algo distinto.
Y en un mundo como aquel, lo
distinto siempre era peor.
Capítulo 3: Pesadilla Azul
El tránsito hacia el azul no fue
un paso, sino un deslizamiento. Uno de esos instantes en que la realidad parece
deshacerse con un parpadeo. El amarillo se plegó sobre sí mismo como un telón
de teatro, y de pronto estuvieron frente a una inmensidad que ningún ojo humano
había sido creado para contemplar.
Era un océano. O al menos lo
parecía. Un mar azul oscuro, tan vasto que no se distinguía horizonte alguno,
pues cielo y agua eran lo mismo: un solo cuerpo líquido que palpitaba con una
cadencia monstruosa. El aire estaba impregnado de sal y de una humedad viscosa,
casi oleosa, que se pegaba a los pulmones como alquitrán invisible.
Las olas no eran olas. No rompían
ni espumaban. Se arqueaban hacia arriba con lentitud antinatural, formaban
túneles y cúpulas gigantescas, para luego descender con un silencio que helaba
la sangre. Nada en aquel mar producía ruido: ni bramido, ni oleaje, ni rumor.
Un silencio azul, absoluto, más pesado que cualquier estrépito.
En la orilla donde quedaron
detenidos, los freudnautas vieron cómo la arena era translúcida, semejante a
cristal molido, y en su interior se agitaban formas atrapadas: criaturas sin
nombre, con bocas múltiples y extremidades gelatinosas, que se retorcían como
si quisieran escapar de su prisión mineral.
Clara, temblando, señaló al mar.
Algo emergía lentamente.
Primero fue un resplandor
turquesa, difuso, que subía desde el fondo como si viniera del corazón mismo
del océano. Luego una sombra colosal, indescriptible en su magnitud, que rompía
la geometría del espacio. El agua se arqueó hacia atrás, cediendo a la
aparición, revelando fragmentos de carne azulada, membranas translúcidas, y
ojos… cientos de ojos que no miraban en ninguna dirección concreta, pero que lo
veían todo.
El grupo retrocedió, pero la
orilla se desmoronó bajo sus pies, alargando el cristal molido hacia el mar,
obligándolos a acercarse. El océano mismo los llamaba, respirando en oleadas
invisibles, como un pecho gigantesco que latía más allá de toda medida humana.
Entonces comprendieron que el
azul no era un paisaje ni un accidente: era una entidad. El océano pensaba. El
océano soñaba. Y ellos eran apenas intrusos en su conciencia líquida.
Una voz sin timbre resonó dentro
de sus cráneos, más vasta que cualquier idioma, más fría que cualquier noche:
Ya los he visto. Ahora, sueñan conmigo.
El pánico los desgarró, pero no
hubo gritos, porque en aquel mar los gritos no podían existir. Solo quedó el
suspenso insoportable de saber que lo que se alzaba frente a ellos no era un
enemigo, sino una mente infinita que empezaba a pensarlos, gota a gota, hasta
diluirlos en su abismo azul.
Capítulo 4: El Maestro de las
Pesadillas
La transición fue brusca, sin
matices. De pronto, como si hubieran atravesado una puerta invisible, el océano
azul se desvaneció y los freudnautas se encontraron en una vasta planicie
metálica. No había horizonte, solo un suelo de placas grises que se extendía
hasta perderse en la distancia, iluminado por una claridad blanca que no
provenía de ninguna fuente.
Lo primero que vieron fue la
estructura. Una torre de geometría imposible, erguida en el centro de la
planicie. Sus lados se curvaban hacia dentro y hacia afuera a la vez, como si
desafiara la lógica de la percepción. No era solo una construcción: parecía un
pensamiento sólido, un concepto cristalizado en metal.
—Ahí —dijo Clara, señalando con
un dedo tembloroso—. Ahí está.
No necesitaban pruebas. Lo sabían
del mismo modo en que uno sabe que sueña: sin demostraciones, sin duda alguna.
La torre contenía al Maestro de las Pesadillas.
Comenzaron a avanzar. Cada paso
hacía vibrar las placas metálicas bajo sus pies, y esa vibración se transmitía
al aire, hasta convertirse en un zumbido que les perforaba los huesos. El suelo
se reconfiguraba detrás de ellos, como si la planicie los empujara hacia
adelante, negándoles la posibilidad de retroceder.
La acción estalló cuando llegaron
a las puertas. No se abrieron: se disolvieron en fragmentos que giraron en
espiral y los absorbieron dentro. Se encontraron en un salón inmenso, repleto
de columnas que parecían órganos respirando, contrayéndose con un ritmo
uniforme. En el centro, elevado sobre una plataforma, estaba la figura.
El Maestro de las Pesadillas no
tenía forma estable. Era un organismo en perpetua mutación: rostros que surgían
y se disolvían, miembros que se duplicaban, ojos que se multiplicaban en
racimos. Cada fragmento de su cuerpo parecía un residuo de las pesadillas
previas: la selva verde, las sombras amarillas, el océano azul, todo amalgamado
en una masa palpitante.
Los freudnautas se lanzaron hacia
adelante. Daniel, a pesar de la herida verde, avanzó primero, empuñando un
fragmento metálico arrancado del suelo. Clara lo siguió con un grito que sonó
como un eco dentro de la sala. El Maestro respondió proyectando contra ellos
una avalancha de imágenes sólidas: dobles amarillos que bloqueaban el camino,
ramas verdes que caían del techo, olas azules que se materializaban en mitad
del aire.
La batalla no fue con armas, sino
con memoria. Cada uno de los freudnautas comprendió, en un destello de lucidez,
que la criatura se nutría de sus temores y que solo podían herirla
enfrentándolos. Daniel se arrancó el vendaje del hombro y mostró su herida
verde como un desafío; Clara avanzó de frente hacia su doble amarillo y lo
abrazó hasta disolverlo; otro de ellos se lanzó de lleno en la ola azul y salió
del otro lado empapado, pero intacto.
El Maestro retrocedió, su masa
titubeando como una máquina que pierde energía. Los rostros que lo formaban se
deshicieron en gritos mudos. El salón comenzó a colapsar, las columnas
respiratorias se quebraron como cristales, y la torre misma vibró hasta
descomponerse en polvo luminoso.
Cuando todo terminó, los
freudnautas quedaron solos en un vacío blanco, sin paredes ni suelo. Respiraban
agitados, cubiertos de sudor y heridas. El Maestro ya no estaba, o al menos no
en forma visible.
La voz llegó entonces, última y
definitiva, sin tono ni emoción:
Han vencido a sus sueños. Pero recuerden: mientras existan ustedes, yo
existiré.
El vacío se contrajo, y de nuevo
la caída. Ninguno pudo decir si despertaban o si apenas comenzaba otra forma de
sueño.
Epílogo
Cuando abrieron los ojos, el
mundo estaba donde debía estar: hospitales, calles, habitaciones con olor a
desinfectante o a polvo viejo. El aire volvió a ser aire, con su peso común,
sin colores extraños ni texturas viscosas. La luz era normal, demasiado normal,
tanto que dolía a la vista.
Al principio ninguno habló. El
regreso tenía algo de sospechoso, como si la vigilia fuese apenas otra máscara.
¿Habían despertado de verdad o era otra de esas trampas, un último anillo
dentro del mismo sueño?
Daniel, aún con el hombro
cicatrizado en carne real, sintió el impulso de reír, pero se contuvo. Clara se
aferró a la cama donde había aparecido, como si la madera pudiera hundir raíces
y anclarla de nuevo a la cordura. Los demás, dispersos en distintos rincones de
la ciudad, compartieron la misma certeza muda: no había explicación posible.
Sin embargo, cada uno cargaba
algo nuevo. Un reflejo inesperado en el espejo. Una sombra que se movía medio
segundo después de su cuerpo. Un rumor azul en el oído, como una ola lejana que
nunca se extingue. El Maestro de las Pesadillas no había mentido: la victoria
era apenas un paréntesis.
Con el paso de los días,
descubrieron que los sueños habían cambiado. No eran idénticos a los de antes,
ni tan caóticos como los vividos en aquel territorio imposible. Eran híbridos:
fragmentos de su vida cotidiana contaminados por jirones de lo otro. Un semáforo
que brillaba de un amarillo imposible. Un jardín que rezumaba savia verde en
medio de la noche. El reflejo azul de un mar inexistente en el agua de un vaso.
El Maestro estaba allí,
aguardando. No como un monstruo externo, sino como una semilla sembrada en lo
profundo de su inconsciente. Y mientras durmieran —y mientras fueran humanos, y
mientras existiera el miedo— siempre tendría un lugar donde crecer.

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