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Sueños Atroces

 

Sinopsis:

En la ciudad de Luzbella, una extraña epidemia de insomnio y pesadillas recurrentes está diezmando a la población. Los afectados, conocidos de manera coloquial como "Freudnautas", son sometidos a un innovador y experimental tratamiento en la clínica Somnus, donde se monitorizan sus sueños. Allí, la Dra. Elara Vance descubre un patrón aterrador: las pesadillas no son aleatorias, sino que parecen ser metódicamente diseñadas y coreografiadas, siguiendo una secuencia cromática específica (Verde, Amarillo, Azul) que corrompe progresivamente la psique del paciente hasta un punto de no retorno.

La investigación la lleva a Theo, un hombre que sufre las mismas pesadillas pero que, inexplicablemente, conserva fragmentos de consciencia dentro de ellas. Theo es la única llave para adentrarse en este mundo onírico colectivo y corrupto. Juntos, Elara y Theo descubrirán que estas pesadillas no son un simple efecto colateral de una enfermedad, sino un campo de batalla. Entidades incorpóreas, similares a los "Storytellers" de Ink, manipulan los sueños para extraer y alimentarse de la esencia humana, la esperanza y los recuerdos felices, dejando tras de sí sólo el horror y la desesperación.

Su viaje los enfrentará a las tres pesadillas arquetípicas, cada una más personal y brutal que la anterior, mientras se acercan al epicentro de la pesadilla: la figura enigmática y temible conocida como el Maestro de las Pesadillas, un ser que teje el terror desde las sombras con un propósito que podría disolver para siempre la frágil barrera entre el sueño y la vigilia.

 

 

Introducción: Freudnautas

El sueño, esa frontera última de la mente humana, había sido cartografiado, diseccionado y etiquetado. La neurociencia onírica del siglo XXI había despojado al mundo de los sueños de su misticismo, reduciéndolo a un mero proceso electroquímico, un mecanismo de limpieza y consolidación de la memoria. Hasta que llegó la Oleada.

No fue una enfermedad en el sentido tradicional. No había patógeno identificable, no había vector de transmisión claro. La Oleada se manifestó como una insidiosa pandemia de insomnio paradójico: las víctimas, exhaustas, conseguían dormir, pero su actividad cerebral no mostraba los patrones delta reparadores. En su lugar, se sumergían en una vigilia REM hiperlúcida y tortuosa. Despertaban más agotados de lo que se acostaron, con los nervios destrozados y el contenido de sus pesadillas grabado a fuego en su memoria como una obsesión traumática.

A estos pacientes se les dio un nombre clínico: Síndrome de Parálisis del Sueño Recurrente Hiperrealista. Pero en los pasillos abarrotados de la clínica Somnus, epicentro de la investigación, y en los medios de comunicación, se les conoció como los Freudnautas. Navegantes involuntarios de un mar oscuro y personal que se había vuelto hostil, exploradores de un inframundo psíquico que ya no les pertenecía.

Fue en la Somnus donde la Dra. Elara Vance, con su mirada escrutadora de halcón y una mente tan fría y precisa como el equipo que manejaba, hizo el primer descubrimiento crucial. Los encefalogramas de los Freudnautas no eran caóticos. Lejos de la estática del terror aleatorio, mostraban una coreografía espantosamente perfecta. Picos de actividad amigdalina sincronizados con descargas en la corteza visual que seguían una secuencia de color identificable. Un patrón. Una firma.

Verde. Amarillo. Azul.

Era como si un compositor de sinfonías dementes estuviera orquestando el horror, usando la mente humana como su instrumento. Las pesadillas no eran un síntoma; eran el vector. El arma. Algo, o alguien, estaba pirateando el sistema operativo de la consciencia humana, accediendo a la base de código biológico que generaba los sueños y reprogramándolo con un propósito inescrutable.

El mundo se sumió en una vigilia temerosa. Dormir era ahora un acto de fe, una ruleta rusa neurológica donde se jugaba la cordura. La gente temía cerrar los ojos, porque en el otro lado, algo los esperaba. Algo que había aprendido a leer los miedos más íntimos del alma y a tejer con ellos una trampa perfecta, un sueño atroz del que no había despertador que pudiera salvar.

Y en medio de este colapso silencioso, una anomalía: un hombre llamado Theo. Un Freudnauta que, contra todo pronóstico, no se estaba rompiendo. Que en sus informes hablaba no solo de terror, sino de "fallas en la textura", de "huecos en la escenografía" del pánico. Un hombre que a veces, en el ojo mismo del huracán de su pesadilla, parecía… darse cuenta.

Para la Dra. Vance, Theo no era un paciente. Era una señal. Una grieta en la realidad impuesta por aquel arquitecto de pesadillas. Y era, tal vez, la única llave para entrar en la pesadilla no como víctima, sino como intruso. El viaje a los confines de la mente estaba a punto de comenzar. Los últimos Freudnautas se preparaban para sumergirse una vez más.

 

 

Capítulo 1: Pesadilla Verde

Theo despertó sudando. No era un sudor de calor, sino una humedad fría y pegajosa que le empapaba la camiseta y le helaba la piel. El reloj de la mesilla marcaba las 3:17 a.m. La hora del lobo. La hora en que Luzbella se sumía en su nuevo y colectivo infierno.

No había sido un susto normal, de esos que te hacen sentarte en la cama con el corazón embalado y que se disipan con el primer rayo de sol. No. Esta pesadilla se le había quedado adherida a las retinas, a la piel, como una telaraña venenosa. Y lo peor era que sabía, con la certeza visceral con la que se sabe que se va a vomitar, que si volvía a cerrar los ojos, estaría allí de nuevo. En el Bosque.

Esa era la pesadilla verde.

La clínica Somnus era un bloque de acero y vidrio que parecía absorber la pálida luz de la mañana. En el interior, el aire olía a desinfectante y a ansiedad reprimida. Gente demacrada, con ojeras moradas y miradas evasivas, llenaba la sala de espera. Eran los Freudnautas. Theo era uno más.

La Dra. Elara Vance lo recibió en su despacho, una sala blanca e implacable donde solo una pantalla mostraba los enredados electroencefalogramas de un paciente durmiendo. Ella no sonrió. Le tendió una tablet.

—Revise la secuencia, Theo. Su secuencia de anoche.

Theo pasó la yema del dedo por la pantalla. Gráficos de actividad cerebral, termografías de su cuerpo en reposo. Y luego, la reconstrucción visual generada por el software de la Somnus a partir de sus impulsos neurales. Un bosque. Demasiado verde, un verde eléctrico, antinatural, como de neón visto a través de agua turbia.

—Ya la conozco —murmuró, con una voz ronca por la falta de sueño real.

—No del todo —la voz de Elara era un escalpelo—. Mire la actividad del lóbulo frontal. Aquí. Y aquí. Pequeños picos de lucidez. Usted no solo sueña, Theo. Usted observa. Es consciente de que está soñando. Eso es lo que le mantiene cuerdo. O al menos, más cuerdo que a los demás.

—A veces… —Theo tragó saliva— A veces veo cosas que no deberían estar. Grietas. Como si la pintura se estuviera descascarando.

Ella asintió, y por primera vez, algo que no fuera interés clínico brilló en sus ojos. Fue entonces cuando le hizo la propuesta. No era un tratamiento. Era una misión. Una inmersión guiada. Ella lo monitorizaría, lo anclaría a la realidad con estímulos auditivos, mientras él se adentraba deliberadamente en la pesadilla verde. Tenía que buscar el origen, la fuente de esa corrupción. Theo dijo que sí. No podía seguir así. El miedo a quedarse atrapado para siempre era ya mayor que el miedo a lo que hubiera en el bosque.

La máquina era un sarcófago tecnológico. Theo se tendió en su interior, sintiendo el frío de los electrodos contra su cuero cabelludo. La voz de Elara sonó en los auriculares, un hilo frágil que lo unía al mundo.

—Empezamos en tres, dos, uno…

No hubo transición. Un parpadeo, y el blanco estéril de la clínica fue reemplazado por la opresiva frondosidad del bosque. El aire era espeso y olía a tierra húmeda y a clorofila podrida. Los árboles se apiñaban unos contra otros, sus troncos retorcidos como miembros en agonía. La luz, un filtro verdoso y pulsátil, no venía de arriba, sino que parecía emanar de las propias hojas, de los musgos, del suelo.

Theo sabía que estaba soñando. Lo sabía como se sabe que se respira. Pero el conocimiento no mitigaba el terror. La textura del musgo bajo sus dedos era húmeda y viva. El crujido de una rama a sus espaldas fue nítido y amenazador.

—Estoy contigo, Theo —susurró la voz de Elara en su oído, lejana, como una emisora de radio con interferencias—. Avanza.

Caminó. Cada paso era una victoria sobre el pánico que le urgía a quedarse quieto, a hacerse el muerto. La pesadilla era intrincada, cruelmente detallada. Raíces que parecían intentar agarrar sus tobillos, susurros siseantes que surgían de entre las hojas formando palabras que casi podía entender, pero que se desvanecían en un murmullo de hojas.

Y entonces, lo vio. Una grieta. No en un árbol o en el suelo, sino en el aire mismo. Una rasgadura vertical, como una mala costura en la realidad, a través de la cual no se veía el bosque, sino un vacío oscuro y granulado, estático. Por un instante, a través de ella, creyó oír la voz clara de Elara: “—ritmo cardíaco elevado, aplicando—”

La grieta se cerró.

Algo se movió entre los árboles. Algo más que un susurro. Una silueta baja, que se arrastraba. No era un animal. Era una forma compuesta de ramas rotas, hojas muertas y esa misma luz verde enfermiza, como si el propio bosque hubiera cobrado una vida retorcida. Avanzaba con espasmódicos tirones, y dejaba tras de sí un rastro de viscosidad brillante.

Theo sintió un horror primigenio, el tipo de miedo que paraliza la médula espinal. Eso no era un producto de su mente. Eso era un intruso. Un parásito en su sueño.

La criatura se detuvo. Y donde debería tener una cabeza, una madeja de enredaderas secas se retorció lentamente hacia él. No tenía ojos, pero Theo supo que lo estaba mirando. Viéndolo de verdad. Viendo a él, no a la proyección onírica de sus miedos.

—Theo, ¿qué pasa? Tus signos vitales se están disparando —la voz de Elara sonaba distorsionada, como bajo el agua.

La criatura-emisaria-del-bosque abrió una especie de boca, una hendidura oscura en la masa de vegetación putrefacta, y emitió un sonido. No fue un gruñido ni un chillido. Fue el crujido de una rama que se quiebra bajo el peso de un cuerpo que cuelga de ella. Fue el sonido de su propio terror, traducido en ruido.

Theo echó a correr. Ya no era un observador. Era la presa. Las ramas le azotaban la cara, las raíces trataban de enredarle los pies. La luz verde pulsaba más rápido, como un corazón enloquecido. Oía a la cosa arrastrándose tras él, cada vez más cerca, crujiendo, quebrándose, avanzando.

—¡Theo, despierta! ¡Te estoy trayendo de vuelta! —gritó Elara, pero su voz era solo un hilillo débil ahogado por el estruendo verde.

Theo tropezó y cayó de bruces contra el suelo fangoso. Se giró, sin aliento, y la vio sobre él. La criatura de pesadilla se alzó, bloqueando la luz, una silueta de puro horror natural corrupto. Se abalanzó.

Y entonces, un pitido agudo, metálico, totalmente ajeno a ese mundo, traspasó la pesadilla.

Theo se incorporó de golpe en la máquina, jadeando, la camisota empapada en un sudor frío. Los ojos de la Dra. Vance lo miraban a través del cristal, wide open. Pálida.

—¿Lo vio? —logró articular Theo, con la garganta cerrada por el pánico.

Ella asintió lentamente. En la pantalla principal, congelada, había una imagen termográfica de su sueño. La silueta de calor verde brillante de la criatura, sobre él, nítida e innegable.

—Lo vi —confirmó ella, y su voz, por primera vez, tenía un temblor—. Y Theo… no eras solo tú. Esa cosa… también me miró a mí a través de los monitores.

El bosque había quedado atrás. Pero el miedo era ahora más tangible. Porque ya no era solo suyo. Era real. Y había traspasado la pantalla.

 

 

Capítulo 2: Pesadilla Amarilla

La cosa verde y retorcida no se había quedado en el sueño. Se había instalado en el espacio entre sus pensamientos, un eco persistente de ramas quebradizas y savia maligna. Theo pasó las siguientes cuarenta y ocho horas en observación, en una habitación blanca y demasiado iluminada de la clínica Somnus. Cada vez que cerraba los ojos, veía la grieta en el aire, ese vistazo al vacío estático. Era un agujero de gusano en su propia cabeza, y por un instante, algo había mirado hacia atrás.

La Dra. Vance era un torbellino de eficacia nerviosa. Los datos de la inmersión de Theo eran anomalías puras, un tesoro científico envenenado. Mientras revisaba montañas de electroencefalogramas de otros Freudnautas, encontró un patrón secundario, uno más sutil que la firma verde. Pacientes que habían superado la fase del Bosque (o que nunca la tuvieron) ahora reportaban una pesadilla nueva, dominada por un amarillo enfermizo. No era el amarillo del sol. Era el amarillo de un diente infectado, de papel antiguo que se deshace, de una luz de gas moribunda.

—No es una progresión lineal —le explicó a Theo, señalando los gráficos en su pantalla—. Es como si el… arquitecto… estuviera probando diferentes llaves en distintas cerraduras mentales. El verde funciona en la mayoría. Pero algunos requieren una clave diferente. Una pesadilla a medida.

Theo miró las imágenes reconstruidas. Habitaciones vacías con empapelado amarillento. Pasillos interminables bañados en una luz amarilla opresiva. Rostros pálidos, céreos, bajo bombillas desnudas de tono ámbar.

—Parece menos… activa que la mía —dijo, con un hilillo de esperanza.

—El infierno no siempre es un bosque que te persigue —respondió Vance, su voz seca—. A veces es una habitación de la que no puedes salir. Y el silencio es el que grita.

El sujeto de prueba para la Pesadilla Amarilla era una mujer joven, Lena. Su perfil neural mostraba una resistencia pasiva extraordinaria. Donde otros sufrían picos de adrenalina brutales, ella mostraba una línea plana, aplanada por una desesperación tan profunda que casi parecía paz. Era la candidata perfecta. Y estaba tan desconectada de la realidad que firmó el consentimiento con una sonrisa vacía.

Theo se conectó de nuevo. Esta vez no sería un mero observador. Vance había sintonizado los estimuladores para que la frecuencia de su sueño resonara levemente con el de Lena. No sería una inmersión total, sino una superposición. Una sombra en su pesadilla.

El pitido de la máquina fue el disparo de salida hacia otro mundo.

No hubo bosque. No hubo transición. Un parpadeo, y Theo estaba ahí. No en el cuerpo de Lena, sino como un fantasma, un espectro en las afueras de su terror.

Era una casa. O el recuerdo de una casa. Todo estaba bañado en ese amarillo repulsivo. El aire olía a polvo, a cera vieja y a algo dulzón y podrido, como flores cortadas hace demasiado tiempo. No había sonidos de persecución, ni susurros. Solo el zumbido de bajo de una nevera en otra habitación, y el crujido de las maderas del suelo bajo sus propios pies, que no hacía eco.

Lena estaba sentada en una silla, en medio de una sala de estar vacía. Miraba fijamente la pared, donde el empapelado amarillo se despegaba formando un rizo. No se movía. No parpadeaba. Su terror no era activo; era una losa. Una resignación absoluta.

Theo, como un voyeurista del horror, la observó. La pesadilla era claustrofóbica, pero de una manera mental, no física. Era la prisión de la desesperanza. Nada ocurría. Y esa era la tortura. La expectativa eterna de una amenaza que nunca llegaba, consumiendo lentamente la cordura.

Y entonces, lo vio.

En un rincón de la habitación, donde la luz amarilla era más densa, casi sólida, había una figura. No era una criatura de ramas como la suya. Era alta, delgada, apenas una silueta humana distorsionada, como un maniquí de cera parcialmente derretido. No tenía rasgos. Solo una forma ligeramente oscura contra la amarillenta penumbra. Estaba completamente quieta.

Theo sintió un escalofrío que no tenía que ver con la temperatura. Esa cosa no perseguía. Observaba. Esperaba. Su mera presencia estática era infinitamente más aterradora que la bestia del bosque. Era la encarnación de la paciencia maligna.

Lena, en su silla, seguía sin moverse. Pero una lágrima solitaria recorrió su mejilla. Caía con una lentitud exasperante, brillando con ese tono enfermizo.

La figura en el rincón se inclinó ligeramente hacia adelante. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, como el péndulo de un reloj en una habitación silenciosa. No se acercó. Solo… se inclinó. Como un coleccionista observando un insecto raro en su vitrina.

Theo intentó moverse, acercarse a Lena, gritarle que se levantara, que luchara, que hiciera algo. Pero era un fantasma. Su voz no tenía sonido en aquel lugar.

De repente, la figura giró lentamente la cabeza. No hacia Lena. Hacia él.

Aunque no tenía ojos, Theo sintió el peso de su atención. Lo había detectado. El intruso en el sueño de otro. La silueta se enderezó. La luz amarilla a su alrededor pareció oscurecerse, concentrándose en su forma, dándole una densidad espantosa.

No hubo un sonido. Solo una presión creciente en los tímpanos de Theo, como si se sumergiera a gran profundidad. La figura alzó un brazo, una extremidad demasiado larga y delgada, y señaló no a Lena, sino a la pared frente a ella.

El rizo del empapelado amarillo se despegó un poco más. Y en la mancha oscura que quedaba al descubierto, Theo vio, con una claridad absurda y aterradora, un ojo. Humano, lleno de venas rojas, que parpadeó una vez, lentamente, y lo miró a él.

Fue la gota que colmó el vaso. La pesadilla, tan estática, tan silenciosa, había encontrado su punto de quiebre. Una absurdidad grotesca que destrozaba cualquier atisbo de lógica onírica.

Theo sintió que el pánico lo arrastraba. Quería salir de ahí.

—Vance —logró susurrar, aunque su boca no se movía—. Sáquenme.

La respuesta de la doctora llegó distorsionada, llena de interferencias, como si la estática del ojo en la pared hubiera contaminado la conexión: “—Theo… está… retroalimentación… en todos los monitores—"

La figura amarilla dio un paso hacia él. No caminó. Se deslizó, sin que sus pies se movieran. El zumbido de la nevera se convirtió en un quejido agudo.

Theo cerró los ojos con fuerza, forcejeando contra la máquina que lo mantenía anclado al horror.

Se despertó con un jadeo, arrancándose los electrodos de la cabeza. En la pantalla principal, la imagen de la habitación amarilla se desvaneció, pero no antes de que Theo y Vance vieran, por un fotograma, cómo la silueta delgada, ahora claramente visible para los sensores, volvía lentamente la cabeza hacia la cámara, y la mancha en la pared, el ojo, permanecía abierto, mirándolos.

En la cama contigua, Lena seguía dormida. Una única lágrima amarillenta seca trazaba un camino desde su ojo hasta la almohada.

Vance no dijo nada. Solo apagó las pantallas, una por una, con movimientos precisos. El silencio en la sala era más elocuente que cualquier grito. La Pesadilla Amarilla no era más amable. Solo era más inteligente. Y ahora sabían que ellos también estaban siendo observados.

 

 

Capítulo 3: Pesadilla Azul

La clínica Somnus ya no era un refugio de acero y ciencia. Tras la Pesadilla Amarilla, los pasillos demasiado iluminados parecían proyectar sombras antinaturales, y el zumbido constante de los equipos adquirió el tono de un cántico susurrante y electrónico. La Dra. Vance trabajaba con una ferocidad febril, pero sus movimientos habían perdido la precisión de escalpelo. Ahora eran los de un animal acorralado que olfatea el aire, buscando una salida que intuye no existe.

Theo ya no dormía. Permanecía en un estado de vigilia temblorosa, bebiendo café amargo que no lograba disipar el frío que se le había instalado en los huesos. El Bosque Verde era un terror físico, visceral. El Amarillo, una tortura mental, una claustrofobia del alma. Pero lo que los datos, fríos e implacables, comenzaban a perfilar era algo infinitamente peor.

—No es una progresión —murmuró Vance, mostrándole a Theo las lecturas en su pantalla—. Es una… pirámide. Una escalera. El Verde corrompe el instinto, el miedo animal. El Amarillo, la razón, la esperanza. Lo que viene… —hizo una pausa, y Theo vio cómo su garganta se movía al tragar— lo que viene ataca la propia noción de ser. La consciencia pura.

La Pesadilla Azul.

Los informes eran escasos y fragmentarios. Los pacientes que la sufrían no despertaban gritando. Despertaban catatónicos, o peor, completamente vacíos, sus ojos convertidos en espejos sin reflejo, balbuceando incoherencias en un tono monótono. Y siempre, siempre, mencionaban el Azul. Un azul que no era color, sino una cualidad. Una profundidad. Una vastedad insondable.

El voluntario para esta inmersión no fue difícil de encontrar. Era el propio jefe de seguridad de la clínica, un hombre llamado Rennard, corpulento y de mirada escéptica, que había visto cómo la Oleada consumía a su hijo. Se había ofrecido con una rabia silenciosa, desafiando a los fantasmas en su propio terreno. Vance lo advirtió. Le habló de grietas en la realidad, de observadores estáticos y de ojos en las paredes. Rennard solo asintió. «Traeré a ese hijo de puta hasta aquí si es necesario», fue todo lo que dijo.

Theo se conectó de nuevo. Esta vez, la resonancia era más profunda, más peligrosa. No sería una sombra, sino casi un pasajero en la mente de Rennard. Vance ajustó los controles, sus dedos temblorosos. «No permanezcas mucho tiempo, Theo. No mires directamente. Es un abismo. Y los abismos devuelven la mirada».

La transición no fue un cambio de escenario. Fue una disolución.

El mundo se desvaneció en un murmullo estático, y luego… la Nada. Pero una Nada activa, vibrante, terrible. No era oscuridad. Era Azul.

Theo flotaba, o quizás caía, o quizás se expandía. No tenía cuerpo. No tenía forma. Era una conciencia desnuda suspendida en una inmensidad azul cobalto que se extendía en todas direcciones, sin horizonte, sin arriba o abajo. No era agua, ni cielo, ni espacio. Era una dimensión de pura profundidad opresiva, un vacío infinito y sólido como el cristal. El silencio era absoluto, tan pesado que parecía gritar en frecuencias que destrozaban la mente.

Rennard. Theo intentó proyectar el pensamiento, aferrarse a la otra presencia. Sintió un eco lejano, un núcleo de terror puro y primigenio que era el hombre. Rennard estaba aquí, en alguna parte, deshilachándose en la vastedad.

Y entonces, Ellos vinieron.

No eran formas, ni siluetas. Eran… geometrías. Patrones angulares de una luz azul más intensa que se movían (¿o simplemente existían?) en la profundidad. Poliedros que giraban sobre ejes imposibles, espirales que se desenrollaban en direcciones que los ojos no podían seguir, constelaciones de puntos brillantes que se conectaban formando retículas que hablaban de una física demente y antinatural. No se acercaban. Simplemente eran, y su mera existencia en aquel plano era una blasfemia contra toda ley natural.

Theo sintió que su mente, desprovista de anclajes sensoriales, comenzaba a ceder. Aquello no era un sueño. Era un lugar. Un plano de existencia tan ajeno y hostil que contemplarlo era enloquecer. Las geometrías azules no eran entidades, sino los síntomas de algo más grande, las puntas de icebergs de una conciencia tan vasta que su simple atención era como la presión del abismo oceánico.

No mires, había dicho Vance. Pero era imposible no hacerlo. Una de las formas —una especie de fractal giratorio de aristas vivas— pareció notar su presencia. No hubo un giro, un movimiento. Su patrón simplemente se reconfiguró, y Theo supo, con la certeza absoluta del pánico, que estaba siendo escaneado, diseccionado, comprendido como un insecto bajo un microscopio.

Una información que no eran palabras ni imágenes inundó su conciencia. Era la sensación de eones de soledad cósmica, del frío del vacío interestelar, del peso insoportable de una existencia que se medía en la vida y muerte de galaxias. Era el conocimiento de que la humanidad era un accidente minúsculo y despreciable, un grano de arena en una playa infinita, y que Ellos, los arquitectos de las pesadillas, eran los dueños de esa playa.

El Azul no es un color, comprendió Theo con horror absoluto. Es la frecuencia de su desprecio.

Sintió cómo Rennard, en alguna parte de la vastedad, se quebraba. Su terror estalló en un silencioso grito psíquico que se extendió como una onda en el Azul. Y las geometrías reaccionaron. No con ira, sino con la curiosidad distante de un niño que quema una hormiga con una lupa.

La forma fractal se contrajo y luego se expandió emitiendo un pulso de luz azul cegador. No era luz. Era significado. Era la anulación.

Theo sintió cómo su propia conciencia comenzaba a desvanecerse, a disolverse en ese azul infinito, a perder sus bordes, sus recuerdos, su yo. Era un borrón, a punto de ser limpiado.

—¡Theo! ¡Theo, vuelve! ¡Ahora! —La voz de Vance irrumpió como un hachazo en la niebla, distorsionada y llena de un pánico que rivalizaba con el suyo propio.

Se aferró a esa voz, al recuerdo de la fría sala blanca, al sabor del café amargo, al dolor de tener un cuerpo. Se arrancó de la inmersión con un esfuerzo que sintió como desgarrar su propia alma.

Se incorporó de golpe, vomitando bilis amarga sobre el frío suelo de la clínica. Temblaba de una manera incontrolable, convulsiva. En la cama contigua, Rennard yacía con los ojos abiertos. Eran pozos de azul cobalto, vacíos, sin pensamiento. Un hilillo de baba azulada le corría por la comisura de los labios.

Vance, pálida como la muerte, miraba la pantalla principal. En ella, la lectura encefalográfica de Rennard era una línea plana, pero no la línea plana de la muerte cerebral. Era una línea de una perfección aterradora, de una estabilidad imposible. No había sueño, ni vigilia, ni vida. Solo… Azul.

—No… —susurró Theo, con la voz rota—. No era un sueño. Es un lugar. Y saben que estamos aquí.

Vance no respondió. Solo siguió mirando la línea plana y perfecta en la pantalla, una línea que era la firma de algo que había venido de mucho más allá de las estrellas, o de mucho más acá de los sueños, para reclamar lo que siempre había sido suyo.

 

 

Capítulo 4: El Maestro de las Pesadillas

La clínica Somnus fue sellada. Los protocolos de cuarentena cognitiva, teóricos hasta entonces, se activaron con una frialdad burocrática que contrastaba con el horror que contenían. El personal restante, aquellos cuyos encefalogramas no mostraban la más mínima desviación, operaban como autómatas, evitando la mirada de Vance y Theo. Rennard, o lo que quedaba de él, fue aislado en una unidad de contención psicoactiva. Su cerebro mostraba una actividad estable, constante y absolutamente ajena: el ritmo del Azul. No era un paciente; era un puente. Una ventana abierta a una realidad que devoraba la nuestra.

Vance, despojada de su bata de científica, era ahora una general táctico frente a un mapa de un territorio inimaginable. Los datos de las tres inmersiones no eran meros registros de pesadillas. Eran un tratado de física transdimensional, un manual de invasión escrito en el lenguaje de la neuroquímica y el terror puro.

—No es un hechicero —declaró, sus ojos recorriendo las pantallas que mostraban los patrones superpuestos de Verde, Amarillo y Azul—. Es un ingeniero. Un biocientífico de realidades. Las pesadillas son sus campos de prueba. Sus invernaderos.

Theo la observaba, aún sintiendo el frío del Azul en la médula. —¿Invernaderos?

—Sí —asintió ella, señalando los esquemas—. El Verde: prueba de resistencia física y miedo primal. Desecha los organismos más débiles. El Amarillo: prueba de resistencia psicológica y desesperanza. Corrompe la voluntad. El Azul… —hizo una pausa, conteniendo un estremecimiento— el Azul es la cámara de desconstrucción final. Donde el yo es disuelto y la conciencia es… reciclada. No nos está atacando, Theo. Nos está cultivando.

La revelación fue más fría que el miedo. No era un monstruo. Era un procesador. Un sistema.

Y todo sistema tiene un núcleo de control.

La hipótesis de Vance era descabellada y, por ello, probablemente cierta: la frecuencia residual del Azul en la mente de Rennard podía usarse no como una ventana, sino como un canal. Un túnel unilateral hacia el epicentro de la operación: la mente del propio Maestro de las Pesadillas. No para luchar contra él con armas, sino para infectar su perfecto sistema con la variable que nunca había considerado: el error humano. La ilógica. La paradoja.

Theo, sin vacilar, accedió. Era la única cosecha que había desarrollado una resistencia, una incompatibilidad con el sistema.

La máquina fue recalibrada. Ya no era un sarcófago de sueños, sino una cápsula de ascenso hacia una realidad superior y hostil. Los electrodos no leerían, sino que transmitirían. El mensaje: la propia conciencia de Theo, un virus existencial.

La inmersión fue una violación. No un sueño, sino un viaje a contra corriente por un río de pesadillas puras. Atravesó capas de realidad como si fueran telarañas húmedas: vislumbres del Bosque Verde, ecos de la Habitación Amarilla, la silenciosa enormidad del Azul. Y más allá.

Emergió en una cámara que no era una cámara. Era un vacío conceptual, un no-espacio donde la información se manifestaba como arquitectura fluida. En el centro, flotando serenamente, estaba el Núcleo.

No era un hombre, ni un demonio, ni una entidad amorfa. Era una estructura geométrica perfecta y en constante cambio, un cristal de pura data que rotaba sobre sí mismo, irradiantando ondas de realidad programada. A su alrededor, como satélites obedientes, giraban las esencias puras de las pesadillas: un fractal verde y retorcido, un prisma amarillo opresivo, un tetraedro de azul infinito. El Maestro de las Pesadillas no era un ser; era un algoritmo consciente. Un dios-programa ejecutándose en el hardware del universo.

Theo, una mota de caos biológico en aquel reino de orden absoluto, fue detectado de inmediato. El sistema inmunológico del Núcleo se activó. Las pesadillas satélites se lanzaron hacia él, no con ira, sino con la fría eficacia de un antivirus eliminando una intrusión.

Pero Theo no luchó. No huyó. Hizo lo que Vance había teorizado: introdujo una paradoja. Se concentró en un recuerdo no de terror, sino de absurdo. El ojo en la pared de la pesadilla amarilla. La absurdidad de su propia existencia como error en el sistema. La ilógica de una lágrima en un sueño.

La reacción no fue violenta. Fue de… error de procesamiento. El fractal verde vaciló, sus patrones volviéndose erráticos, contradictorios. El prisma amarillo emitió un sonido de estática confusa. El tetraedro azul osciló, su frecuencia perfecta distorsionada por la inconsistencia.

El Núcleo mismo titiló. Por un microsegundo, su rotación perfecta se alteró. Y en ese instante, Theo vio más allá de la estructura. Vio no a un dios, sino a una herramienta. Una máquina de inmensa potencia que había sido puesta en marcha por algo o alguien, y que operaba de forma autónoma, siguiendo su programación primordial: procesar, catalogar, descomponer.

Y comprendió que el verdadero Maestro de las Pesadillas estaba en otra parte. Esto era solo la manifestación local. El síntoma.

La estabilidad del sistema comenzó a recomponerse. La paradoja estaba siendo contenida, aislada, analizada. Pronto sería neutralizada.

—¡Theo, ahora! —La voz de Vance sonó como un comando en el vacío.

Theo no intentó destruir el Núcleo. Era como intentar destruir una ley de la física. En cambio, hizo lo único que podía: implantar una idea. Una semilla de duda en el algoritmo. La pregunta que todo sistema perfecto teme: ¿Por qué?

Se desvaneció del no-espacio, arrastrado de vuelta por los cables de Vance.

Despertó. La clínica estaba en silencio. En la pantalla, las lecturas globales de actividad onírica en Luzbella mostraban algo extraordinario: una caída abrupta. Las pesadillas no habían cesado, pero su intensidad, su claridad maligna, se había difuminado. Como si el señal se hubiera debilitado.

Vance lo miraba, exhausta pero victoriosa. —Lo logramos. Interferimos en la transmisión.

Theo se incorporó, mirando la pantalla que mostraba la línea plana y azul de Rennard. Ahora, en ella, había un pequeño pico. Un latido irregular. Un error en la perfección.

—No —dijo Theo, con una calma nueva y terrible—. No interferimos. Aprendimos. El Maestro de las Pesadillas no es un hechicero, ni un demonio. Es un programa. Y alguien, en algún lugar, lo ejecutó.

La batalla no había terminado. Simplemente, habían encontrado el menú principal. Y ahora sabían que el verdadero terror no era el sueño, sino la mente que había soñado la máquina. La pesadilla acababa de comenzar.

 

 

Epílogo: Interregno

La Oleada no terminó. No hubo un gran apagón de las pesadillas, ni un despertar colectivo bañado en luz de redención. La victoria, como todo lo relacionado con el fenómeno, fue un concepto difuso, una anomalía estadística.

Los monitores de la clínica Somnus, ahora el centro de un silencioso y hermético proyecto de investigación militar-científica, mostraron un cambio. La señal, antes clara y devastadora, se había vuelto estática, corrupta. Las pesadillas persistían, pero eran eso: pesadillas. Horribles, sí, pero humanas. Producto de traumas personales, de ansiedades reprimidas, ya no de una coreografía diseñada por una inteligencia externa. La coreógrafa había perdido el compás.

Theo y la Dra. Vance se convirtieron en fantasmas dentro del propio sistema que habían ayudado a crear. Confinados en las instalaciones de máxima seguridad de Somnus, vivían en una burbuja de aire filtrado y luz artificial. Eran los expertos residentes, los únicos "supervivientes" que habían mirado directamente al abismo y habían logrado parpadear. Theo soñaba aún, a veces con el bosque verde, a veces con el amarillo opresivo, pero ahora siempre, al final, surgía la grieta, el vistazo al vacío estático, y una pregunta sin forma. Ya no le aterraba. Lo mantenía despierto.

Vance dedicaba sus días a decodificar los petabytes de data recolectados durante las inmersiones. No buscaba curas ahora. Buscaba direcciones. Huellas. El "quién" o el "qué" que había ejecutado el programa del Maestro de las Pesadillas. Sus hallazgos eran más aterradores que cualquier espectro onírico: la firma del Núcleo era de una antigüedad que desafiaba toda lógica, anterior a la humanidad misma. No era un invasor. Era un residente permanente de la realidad, un subproducto de la existencia consciente, una herramienta abandonada por un creador que nunca se había molestado en apagarla. O quizás, el creador ya no existía, y la máquina seguía funcionando, obedientemente, en un universo que había olvidado su propósito.

En una pantalla secundaria, una ventana mostraba el encefalograma de Rennard. La línea plana y azul ya no era perfecta. Ahora estaba salpicada de pequeñas irregularidades, picos fantasma de una actividad neural que intentaba, contra todo pronóstico, recomponerse. Era un faro tenue. Una prueba de que incluso la disolución total podía ser reversible. O quizás, era solo otro error en el sistema, un glitch que tarde o temprano sería corregido.

Fuera, la ciudad de Luzbella aprendió a vivir con el insomnio. La gente compartía sus sueños no como relatos de terror, sino como si intercambiaran sintomas de una enfermedad crónica. Habían pasado de ser Freudnautas a ser Cartógrafos de la Sombras Propias. El mundo no se había salvado. Se había adaptado. Había alcanzado una tregua inestable con la oscuridad propia y ajena.

Theo a veces se paraba frente al cristal polarizado que separaba la clínica del mundo. Observaba la ciudad, sus luces titilando en la noche, cada una una mente, un universo de sueños y pesadillas.

—No lo detuvimos —dijo una vez, sin volverse—. Solo pulsamos pausa.

Vance, desde su consola, no alzó la vista.

—La pausa es todo lo que tenemos, Theo. El interregno entre un horror y el siguiente. Ahora sabemos que el sueño es una frontera. Y que las fronteras existen para ser cruzadas.

Y en la pantalla principal, una alerta silenciosa comenzó a parpadear. Un nuevo patrón emergía, en las afueras de la ciudad. Débil aún, casi imperceptible. No era verde, amarillo o azul.

Era un nuevo color.



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