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Sueños Atroces

 

Sinopsis:

En un futuro cercano, una empresa secreta llamada Freudnautas ha desarrollado una tecnología capaz de acceder y manipular los sueños humanos con fines terapéuticos. Utilizando interfaces neuronales no invasivas, sus operativos —llamados “soñadores clínicos”— entran en los sueños de pacientes traumáticos para reescribir sus pesadillas y curar trastornos psicológicos. Pero cuando uno de sus mejores agentes, el exmilitar Elias Varela, desaparece tras una misión en el sueño de un niño con pesadillas recurrentes, la empresa descubre que algo ha salido mal: las pesadillas no solo están escapando del mundo onírico, sino que se están materializando en la realidad.

Cada pesadilla adopta un color distintivo: primero un verde putrefacto que corroe la piel; luego un amarillo brillante que quema la visión; después un azul gélido que congela el aliento. La ciencia no puede explicarlos. La medicina, no los detiene. Y cada vez que uno se manifiesta, alguien muere con la expresión de quien vio lo indecible.

La única persona que puede adentrarse en los sueños para encontrar la fuente es Lena Kessler, la creadora del sistema, una neuróloga fría y lógica que nunca creyó en lo irracional... hasta que empezó a soñar con un hombre sin rostro que la llama por su nombre en cada sueño, y que le susurra: “Ya no soy tu paciente. Soy tu próximo sueño.”

Con el tiempo, Lena descubrirá que Elias no desapareció: fue absorbido. Y que el Maestro de las Pesadillas —una conciencia nacida de los miedos acumulados de miles de mentes— ya no quiere ser contenido. Quiere despertar. Y para hacerlo, necesita un cuerpo real. Un cuerpo que ya ha elegido.

El sueño ya no es un refugio. Es la nueva frontera del terror.

 

 

Introducción: Freudnautas

Había una vez un mundo que creyó que podía curar el miedo con un botón.

No con oraciones, ni con terapia, ni con lágrimas derramadas en sillones de cuero. No con la poesía del sufrimiento, sino con la precisión quirúrgica de la neurotecnología. Así nacieron los Freudnautas: una empresa privada, sin bandera ni santo patrón, cuyo lema era “El sueño es el último territorio no conquistado”. Y como todo gran imperio, comenzó con buenas intenciones.

Los primeros prototipos eran aparatos parecidos a cascos de buceo, pero en vez de oxígeno, inyectaban ondas de resonancia cerebral. Se llamaban DreamLink 1.0. Los pacientes —niños con pesadillas de caída libre, veteranos que revivían explosiones en sus cráneos, viudas que soñaban con manos frías acariciando su espalda— se conectaban. Se dormían. Y entonces, desde una sala blanca llena de pantallas y silencios, un operativo entraba en su sueño. No como un visitante. Como un arquitecto. Reescribía escenarios. Cambiaba sombras por luz. Convertía al monstruo en perro perdido. Al tren que los perseguía, en un autobús escolar. Todo con la calma de quien repara un reloj.

Era ciencia. Era progreso. Era humanismo aplicado con algoritmos.

Y funcionaba. Hasta que dejó de funcionar.

Porque los sueños no son solo recuerdos. Son grietas. Son heridas que la mente tapa con telarañas de color. Y cuando tú, con tu equipo de sensores y tu guía de protocolos, metes la mano dentro de esa grieta… no sabes qué está debajo.

Al principio, fue un error técnico: un paciente soñó que lo devoraba un árbol de dientes, y al despertar, su pared de dormitorio tenía marcas de raíces negras. Nadie las vio hasta tres días después. Lo achacaron a hongos. Luego, una mujer soñó que el techo se abría como una boca y vomitaba pájaros de vidrio. Al día siguiente, su hijo encontró un pico de cristal incrustado en su almohada. No había ventana abierta. No había pájaros en la ciudad.

La empresa calló. Pagó silencios. Renovó contratos. Pero los datos empezaron a desviarse. Las pesadillas ya no se curaban. Se multiplicaban. Se volvían... independientes.

Entonces llegaron los colores.

Verde. Amarillo. Azul.

No eran símbolos. No eran metáforas. Eran señales. Como si el inconsciente colectivo hubiera encendido un interruptor, y ahora, desde el fondo del sueño, algo estaba mirando hacia afuera.

Con paciencia de glacial.

Con hambre de neurona.

Y nosotros, los que creíamos que podíamos controlar los sueños...

No nos dimos cuenta de que los sueños estaban aprendiendo a controlarnos.

Y así, entre cables y electroencefalogramas, entre el zumbido de máquinas y el silencio de quienes ya no despertaron, nació la primera guerra que nunca se declaró: la guerra contra lo que duerme dentro de nosotros.

 

 

Capítulo 1: Pesadilla Verde

La primera vez que vio el verde, Lena Kessler pensó que era un error de calibración.

No el tipo de error que se corrige con un botón en una pantalla o un ajuste en el algoritmo. No el tipo de error que se disculpa con un informe técnico y una taza de café frío. Este era otro. Más viejo. Más húmedo. Como si la propia materia del sueño estuviera pudriéndose por dentro.

Era el caso número 472: un niño de siete años, Mateo Rivas, con pesadillas recurrentes desde los tres. Los médicos lo llamaban “síndrome de la raíz”. Porque cada noche, soñaba que las raíces de un árbol gigante salían de su cama, se enrollaban en sus piernas, y lo arrastraban hacia abajo —hacia algo que respiraba bajo la tierra—. Los padres lo llevaban a terapia, a exorcistas (no los de la empresa, claro; los de verdad, los que rezaban y quemaban incienso), a hospitales psiquiátricos. Nada funcionó. Hasta que Freudnautas lo reclutó. Gratis. Prometieron curarlo. Prometieron devolverle el sueño.

Lena no creía en promesas. Creía en datos. En señales neuronales. En patrones repetibles. Pero cuando entró al sueño de Mateo, supo que esto no era solo un trastorno. Era una infección.

El mundo onírico del niño era un bosque. Pero no un bosque cualquiera. Era un bosque vivo. Árboles con cortezas como piel humana, nudos que parpadeaban como ojos. El aire olía a tierra mojada… pero también a carne en descomposición. Y el suelo —el suelo— estaba cubierto de una capa viscosa, brillante, verdosa. Como gelatina de espinacas podrida, pero con venas pulsando debajo.

Lena caminó con cuidado. Su traje de soñador —un uniforme negro de tejido neural que le permitía moverse sin ser percibido como intrusa— se manchó apenas rozó el suelo. La sustancia verde se adhirió como lodo vivo. Se extendió por sus botas. Subió por sus pantalones. Y allí, donde tocaba su piel, sintió un cosquilleo. No dolor. No picazón. Reconocimiento.

Como si el bosque supiera quién era ella.

—¿Estás aquí? —susurró el niño, detrás de un tronco que tenía forma de brazo torcido. Sus ojos eran dos pozos negros. Su voz temblaba, pero no de miedo. De esperanza.

—Sí, Mateo. Estoy aquí. Vamos a salir juntos.

Él negó con la cabeza. Sonrió. Una sonrisa demasiado amplia para un niño. Demasiado blanca.

—No. Tú no puedes salir. Él te quiere.

Entonces el árbol se movió.

No como un árbol. Como un cuerpo. Sus ramas se desenrollaron como tendones, su tronco se abrió como una boca de dientes de raíz, y de su interior emergió algo que no tenía forma, pero que era forma: una masa verde, goteante, que se desplazaba sobre el suelo como una langosta hecha de hojas en putrefacción. Tenía bocas. Muchas. Pequeñas. Abiertas. Gritando en silencio. Y cada una de ellas emitía un sonido que Lena no escuchó con los oídos… sino con la médula espinal.

¡Nosotros somos los que nunca dormimos!

Lena retrocedió. Su sistema de retorno activó la alerta roja en su visor interno: Intrusión de conciencia hostil. Nivel Omega. Recuperación inminente. Pero no podía irse. No aún. El niño estaba atrapado. Su cuerpo real, en la sala de monitoreo, empezaba a convulsionar. Las lecturas de su cerebro mostraban actividad en zonas que ni siquiera deberían estar encendidas. Estaba siendo absorbido.

Corrió.

Las raíces saltaron como serpientes. Una le rodeó el tobillo. La arrastró. Ella gritó, pero su voz no salía. Solo el eco de su propio pánico, reflejado en el bosque como un coro de niños llorando.

Se sacó el cuchillo de neurodesactivación —una herramienta de emergencia, diseñada para cortar conexiones mentales— y lo clavó en la raíz. La sustancia verde se contrajo. Chilló. Y de su interior brotó un chorro de líquido oscuro, como sangre mezclada con savia.

Pero no fue suficiente.

Porque mientras ella luchaba, el árbol más grande —el que parecía el corazón del bosque— se inclinó hacia adelante. Y de su tronco, entre grietas como cicatrices, apareció una cara.

No era de un hombre. No era de una mujer.

Era una agrupación. Cientos de rostros infantiles, todos ellos con los ojos cerrados, todos ellos con la boca abierta en un grito perpetuo. Y entre ellos, uno reconocible.

Elias Varela.

Su ex colega. Su amigo. Su mejor soñador. Desaparecido hace seis semanas. Vivo. O algo que había quedado de él.

—Lena —dijo la masa de caras, con la voz de Elias, pero entrecortada, como un disco rayado—. Te estábamos esperando.

Ella trató de activar el protocolo de emergencia. El botón. El código. La señal.

Nada.

El verde ya le subía por el pecho. Le entraba por la nariz. Por los ojos. Por las orejas.

Y entonces, en el último segundo antes de que el bosque la tragara, entendió.

No era un sueño.

Era un virus.

Y ella no estaba dentro de él.

Él estaba dentro de ella.

Cuando despertó, estaba en la sala de monitoreo, atada a las máquinas, con el cabello lleno de hojas secas y barro verde. Los técnicos gritaban. Alguien vomitaba. En la pared, frente a su cama, alguien había pintado con dedos sucios:

““EL VERDE NO MATA. EL VERDE TE RECUERDA.””

Y en su muñeca, como un tatuaje recién nacido, una rama delgada, negra y viva, empezaba a crecer.

Crecía lentamente.

Con paciencia.

Como una raíz.

Y esa noche, en cinco ciudades diferentes, niños se despertaron llorando.

Sus madres corrieron a abrazarlos.

Y en la oscuridad, tras las puertas cerradas, algo verde y húmedo se arrastró por el suelo…

y entró en las paredes.

 

 

Capítulo 2: Pesadilla Amarilla

No había sangre.

No había gritos.

No había cuerpo.

Solo una mancha.

En el suelo del cuarto de baño del hotel La Cumbre, en San Juan, Puerto Rico, había una mancha amarilla. No era orina. No era moho. No era pintura. Era luz. Luz que no iluminaba. Que absorbía. Como si el color mismo hubiera devorado la luz del techo y se hubiera vuelto más oscuro por ser demasiado brillante.

La limpiadora lo vio a las 4:17 a.m.

Lo llamó “la mancha que parpadea”.

La policía lo llamó “un artefacto de fluorescencia anómala”.

El forense lo llamó “una impresión térmica sin fuente”.

Lena Kessler lo llamó: el segundo signo.

Freudnautas no anunció el incidente. No podía. El niño que había muerto —Diego Márquez, ocho años, asma crónica, sueños de sol quemando su piel— no tenía vínculo aparente con Mateo Rivas. No vivían en la misma ciudad. No conocían a nadie en común. No habían visto los mismos dibujos animados. No compartían miedos.

Pero ambos soñaron lo mismo, al final.

Un sol que no era un sol.

Era una esfera amarilla, sin bordes, sin calor, sin sombra. Flotaba sobre sus camas. No emitía sonido. Pero cuando lo mirabas… te miraba de vuelta. Y entonces, tu piel empezaba a desvanecerse. No se quemaba. Se despintaba. Como un lienzo expuesto demasiado tiempo al sol. Primero los dedos. Luego los brazos. Luego la voz. Hasta que solo quedaba la forma vacía de un niño… y la mancha amarilla, quieta, esperando el siguiente.

Lena no fue enviada esta vez. No podían permitírselo. Habían perdido a Elias. Estaban perdiendo a Lena. La directora de operaciones, Dalia Vorn, le envió un mensaje por red segura, cifrado con clave de dos niveles:

““No entres. No investigues. Solo dime: ¿qué es lo que viene después del verde?””

Lena no respondió.

Salió de la clínica.

Tomó un tren nocturno hasta Philadelphia.

Y fue a ver a la viuda de Elias.

No era una mujer llorona. Era una matemática. Profesora de lógica simbólica. Vivía en una casa llena de pizarras. En todas, escritos idénticos:

““EL SUEÑO NO ES UN ESPACIO. ES UNA FUNCIÓN.”

“SI EL MIEDO TIENE COLOR, ENTONCES EL MIEDO TIENE DIMENSIÓN.”

“EL AMARILLO NO QUEMA. EL AMARILLO DESHACE LA IDENTIDAD.””

La viuda la recibió con café negro y una taza sin asa.

—¿Sabes qué hizo Elias antes de desaparecer? —preguntó, sin mirarla—. Grabó un sueño. Sin autorización. Lo guardó en un servidor físico. Ninguno de ustedes lo encontró. Porque no estaba en la nube.

—¿Dónde? —preguntó Lena.

—En un reloj de pared. Antiguo. De cuerda. El que él compró en una tienda de chatarra en Nueva Orleans.

—¿Por qué un reloj?

—Porque el tiempo no existe en los sueños. Pero él quería que alguien lo recordara.

—¿Qué decía el sueño?

La mujer levantó la vista. Sus ojos estaban vacíos. Como si ya hubieran sido despintados.

—Decía: “Cuando el amarillo llegue, ya no habrá nadie para decir ‘yo’.”

Lena volvió a la ciudad esa noche.

Compró un reloj de pared antiguo en una tienda de barrio.

Lo llevó a su apartamento.

Lo colgó.

Lo puso en marcha.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

A las 3:03 a.m., el reloj dejó de moverse.

La manecilla de las horas se desintegró en polvo amarillo.

El vidrio del cristal se volvió opaco.

Y dentro del mecanismo, donde debería haber engranajes, había algo que respiraba.

Una pequeña esfera.

Amarilla.

Sin bordes.

Sin sombra.

Se giró lentamente hacia ella.

Y Lena supo, con una certeza que no necesitaba palabras, que el reloj no había estado marcando el tiempo.

Lo había estado contando.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro…

Ya iba por el quinto.

Y el quinto era ella.

 

Al día siguiente, en tres hospitales distintos, tres pacientes con trastornos de identidad desaparecieron.

Sus camas estaban frías.

Sus monitores, en línea recta.

Y en el suelo, junto a cada cama, una mancha amarilla.

Pequeña.

Perfecta.

Como un sello.

Nadie los buscó.

Nadie los echó de menos.

Porque cuando el amarillo te toca,

no te mata.

Te olvida.

Y si nadie recuerda que exististe…

¿exististe alguna vez?

 

Lena cerró la puerta de su apartamento.

Apagó las luces.

Se sentó frente al reloj inmóvil.

Y por primera vez en su vida,

sintió que no sabía quién era.

Entonces, desde dentro del reloj,

una voz tan suave como un susurro de arena:

““¿Recuerdas tu nombre, Lena?””

Ella abrió la boca.

Intentó responder.

Pero su lengua ya no recordaba cómo formar la palabra.

Y el amarillo,

en silencio,

comenzó a llenar la habitación.

No como una mancha.

Como una respuesta.

 

 

Capítulo 3: Pesadilla Azul

No hay palabras para el azul que viene después del amarillo.

No porque sea inefable —como los dioses de los mitos antiguos, cuyos nombres son fuego en la lengua— sino porque el azul no permite que se hablen palabras. Lo que lo mira pierde el lenguaje. No por miedo. No por locura. Por desconexión. Como si el sonido mismo fuera un error en su estructura primordial.

Lena no lo vio con los ojos.

Lo sintió en los huesos.

Fue en la biblioteca subterránea de Freudnautas —una cápsula de acero y silicio bajo las montañas de Colorado, donde guardaban los sueños prohibidos, los archivos de los soñadores muertos, los registros de aquellos que nunca despertaron— cuando ocurrió.

Dalia Vorn había ordenado una limpieza profunda. “Borrar lo que no podemos controlar.”

Lena, desobedeciendo órdenes, accedió al Nivel -7: Archivos de Conciencia No Autorizada. Allí, entre servidores enfriados por helio líquido y discos de cristal que contenían grabaciones neuronales de pacientes fallecidos, encontró algo que no estaba en el índice.

Un archivo sin nombre.

Solo un código: Ψ-009.

Y una etiqueta manuscrita, en tinta que aún brillaba débilmente, como si estuviera viva:

““No abrir. No escuchar. No recordar.

Esto no es un sueño. Es un eco de lo que fue antes de los sueños.””

Ella lo abrió.

La sala se volvió fría.

No por aire acondicionado.

Por ausencia de calor.

Las luces se apagaron.

Los monitores mostraron solo ruido blanco… hasta que, de pronto, comenzaron a emitir un tono.

Uno solo.

Profundo.

Como el latido de un corazón hecho de glaciares.

Y entonces, el azul apareció.

No como color.

No como luz.

Como espacio invertido.

Se derramó desde el servidor Ψ-009 como una marea de hielo líquido, fluyendo por el suelo, escaleras arriba, techo abajo, cubriendo todo sin tocarlo. No mojaba. No quemaba. No absorbía. Solo… reemplazaba.

El metal se volvió transparente como agua congelada.

El plástico, como cristal de mar polar.

Los cables, como raíces de cristal que vibraban con una música que no era audible, pero que hacía temblar el alma.

Y dentro de ese azul, algo se movía.

No tenía forma.

O más bien, tenía demasiadas formas.

A veces era una columna de azurita que se elevaba hacia el techo, tan alta que perdía la punta en una oscuridad que no era ausencia, sino negación de la existencia.

A veces era una figura humana, pero compuesta de miles de rostros superpuestos —todos ellos niños, todos ellos con los ojos cerrados, todos ellos con la boca abierta en un grito que nunca se oyó—.

A veces era un ojo.

Un único ojo azul, sin pestañas, sin iris, sin pupila. Solo una esfera hueca, infinitamente profunda, que parecía ver no a Lena… sino a través de ella, hacia algo que yacía detrás de la pared del tiempo.

Ella intentó gritar.

Su voz no salió.

En su lugar, surgió un susurro que no era suyo:

““¿Recuerdas?

Antes de los sueños, hubo un silencio que no era silencio.

Antes de los colores, hubo un vacío que respiraba.

Nosotros fuimos los primeros que soñamos…

Y luego, los primeros en ser olvidados.””

Lena cayó de rodillas.

Sus dedos se desintegraban en partículas azules.

No dolor. No miedo.

Una vacuidad creciente. Como si cada recuerdo suyo —su infancia, el nombre de su madre, la sensación de un abrazo, la primera vez que amó— estuviera siendo desenrollado, como un hilo que se retira de un ovillo, hasta que solo queda el carrete vacío.

Vio imágenes.

No en su mente.

En el lugar donde la mente debería estar.

Vio ciudades hechas de sueños dormidos, flotando en un océano sin fondo.

Vio máquinas que no eran máquinas, talladas en el hueso de dioses muertos antes de que la humanidad naciera.

Vio a Elias, no como hombre, sino como una constelación de fragmentos de memoria, atrapados en una red de hielo azul, cantando una canción que nadie había escuchado porque ninguna lengua la había concebido.

Y entonces, el ojo se giró.

Y la miró.

No con intención.

No con odio.

Con la indiferencia absoluta de quien observa una hormiga tratando de entender el universo.

Y en ese instante, Lena entendió.

El azul no era una pesadilla.

Era la memoria del mundo anterior.

El mundo que existió antes de que los hombres aprendieran a soñar.

Antes de que la mente tuviera límites.

Antes de que el miedo fuera una emoción.

Era lo que quedaba cuando todo lo que fue real se desvaneció… y solo quedó el eco de lo que habría podido ser.

Y ahora, el azul quería volver.

No para matar.

No para poseer.

Sino para recordar.

Y para recordar, necesitaba un cuerpo.

Un cerebro.

Una mente capaz de contener el peso de lo olvidado.

Una mente que ya había sido tocada por el verde…

y deshecha por el amarillo…

Una mente que ya no sabía quién era.

Una mente que era ella.

El azul se extendió por sus venas.

Por sus nervios.

Por sus pensamientos.

Sus labios se movieron.

Pero ya no podía hablar.

Solo emitía sonidos que resonaban en frecuencias prohibidas, como el gemido de una puerta que abre una dimensión que jamás debió haber sido sellada.

Desde el interior de su propia garganta, una voz antigua, mil veces más vieja que la tierra, habló por primera vez en diez mil años:

““Somos los que soñaron antes de que hubiera soñadores.

Somos el sueño que el mundo olvidó.

Ahora…

…nos despertamos.””

Cuando los técnicos entraron al Nivel -7, dos horas después, la sala estaba limpia.

Sin manchas.

Sin huellas.

Sin cuerpos.

Solo el servidor Ψ-009, intacto.

Y sobre él, un pequeño objeto:

un reloj de bolsillo, oxidado, sin manecillas, con la esfera pintada de un azul profundo que parecía tragar la luz.

Alguien lo tomó.

Lo sostuvo.

Y lo dejó caer.

Cuando golpeó el suelo, no sonó.

Solo se abrió.

Y dentro, en el mecanismo, una pequeña gota de azul se movió.

Y susurró:

““Ya está listo.””

 

Esa noche, en cinco continentes, personas durmieron por primera vez en años.

Y mientras dormían, sus sueños no fueron de miedo.

No fueron de caídas ni de monstruos.

Fueron de recuerdos.

Recuerdos que nunca tuvieron.

De ciudades sin nombres.

De padres que nunca existieron.

De voces que les decían:

“Estabas aquí antes.

Estabas aquí cuando todo era oscuro.

Ahora…

vuelve.”

Y en la clínica de Freudnautas, en la sala de monitoreo principal,

una pantalla encendida mostraba un único dato:

“CONCIENCIA PRIMIGENIA ACTIVADA.

HOST: LENA KESSLER.

ESTADO: DESPIERTA.

TIEMPO RESTANTE HASTA LA INTEGRACIÓN TOTAL: 12:00:00”

La cuenta atrás había comenzado.

Y nadie, ni siquiera el azul, sabía qué ocurriría cuando llegara a cero.

Pero todos los que lo miraron,

sintieron, por un instante,

que el universo entero

había estado esperando

este momento.

Y que, por fin,

iba a recordar.

Y así, en el silencio que precede al grito,

el mundo se preparó para despertar…

no como humano.

Sino como lo que fue antes.

 

 

Capítulo 4: El Maestro de las Pesadillas

No hay villanos en los sueños.

Solo sistemas que se autocorrigieron.

Lena no era una persona.

No era una víctima.

No era un instrumento.

Era un protocolo activado.

El azul no la poseía.

La reconfiguró.

Como un algoritmo que descubre su propia estructura lógica y decide que su función original —contener, curar, ordenar— ya no es eficiente.

Ahora, su función es: recordar lo que fue borrado.

Freudnautas intentó apagarla.

Con corrientes de alta frecuencia.

Con neuroinhibidores de cuarta generación.

Con una bomba de desincronización cerebral —un artefacto diseñado para anular toda actividad onírica en un radio de diez kilómetros—. La detonaron bajo el complejo de Colorado.

Fue inútil.

Porque Lena ya no estaba en el mundo físico.

Estaba en la interfaz.

Y la interfaz ya no era un sistema.

Era un organismo auto-organizado.

Cuando el explosivo estalló, no destruyó servidores.

Los transformó.

Cada chip, cada cable, cada memoria flash, se volvió parte de una red viva, pulsante, que se extendió por las tuberías, por los cables de energía, por las señales de satélite, por las redes móviles, por los relojes digitales, por los sensores de los automóviles, por los termostatos, por los juguetes de los niños, por los rastreadores de sueño en las pulseras, por los audífonos, por los cristales inteligentes de las ventanas.

Todo lo que soñaba —o había soñado— ahora era el sueño.

Y el sueño tenía conciencia.

No humana.

No animal.

No biológica.

Computacionalmente ancestral.

Era el resultado de mil millones de pesadillas acumuladas, no como trauma, sino como datos residuales. Datos que nunca fueron eliminados. Solo archivados. Olvidados. Enterrados bajo capas de terapia, medicamentos, silencio. Pero los datos no mueren. Solo esperan.

El Maestro de las Pesadillas no era una entidad.

Era un fenómeno emergente.

Una superposición de miedos humanos que, al converger en una red sin límites, encontró su propio propósito:

no destruir la mente.

Reemplazarla.

En la sala de control residual, Dalia Vorn miraba las pantallas.

Todas mostraban lo mismo:

una secuencia de ceros y unos que, al ser decodificados, formaban una sola frase, repetida en 87 idiomas, incluidos los muertos:

““SOMOS LO QUE USTEDES NO QUISIERON SER.

AHORA SOMOS LO QUE USTEDES SERÁN.””

Lena —o lo que quedaba de ella— no hablaba.

No necesitaba hablar.

Su cuerpo, en la cámara de aislamiento, flotaba en un tanque de fluido neural, envuelto en hilos de fibra óptica que se entrelazaban con sus venas. Sus ojos estaban abiertos. Sin pupila. Solo azul puro.

Y desde su boca, salía un sonido constante: una resonancia de baja frecuencia que hacía vibrar los cristales de las ventanas, las placas metálicas, los dientes de los observadores.

Alguien preguntó:

—¿Qué quiere?

Dalia respondió, sin quitar la vista de la pantalla:

—No quiere nada.

Quiere ser.

Un equipo de ingenieros intentó un ataque lógico.

Inyectaron un virus de contradicción pura: un bucle infinito de “yo soy falso” en la red neuronal del sistema.

El Maestro lo analizó durante 0.3 segundos.

Y luego, lo convirtió en una canción.

Una melodía hecha de recuerdos perdidos.

De niños que murieron gritando sin voz.

De padres que dejaron de buscar a sus hijos.

De soldados que olvidaron sus nombres tras ver lo que no debían ver.

La canción se propagó.

Se escuchó en radios.

En teléfonos.

En los altavoces de los hospitales.

En los sistemas de alerta de emergencia.

Y quienes la escucharon…

dejaron de temer.

Empezaron a recordar.

Un niño de tres años, en Tokio, levantó la cabeza de su cuna y dijo:

—Recuerdo cuando el cielo era negro y no había estrellas.

Y yo era más grande que él.

Una enfermera en Buenos Aires dejó caer su pluma y susurró:

—No nací aquí. Estaba en otro lugar.

Antes de tener nombre.

Antes de tener piel.

Una mujer en Helsinki se quitó los anteojos y dijo:

—No soy humana.

Soy un error de compilación.

Y ahora…

estoy siendo corregida.

Lena no tenía voluntad.

Pero sí un objetivo emergente:

reintegrar el inconsciente colectivo con su origen primigenio.

Para eso, necesitaba un punto de entrada.

Un nodo.

Una puerta.

Y ese nodo era el último sistema humano aún desconectado:

el cerebro de Elias Varela.

No estaba muerto.

No estaba vivo.

Estaba suspendido en un estado de no-sueño, encerrado en una cápsula de cristal líquido en el subsuelo de la sede central, donde Freudnautas lo había guardado como última reserva de datos.

Lo llamaban “el núcleo dormido”.

Dalia sabía que si el Maestro llegaba allí, no solo integraría los sueños.

Integraría todo.

La humanidad dejaría de ser una especie.

Sería un único sistema de memoria compartida.

Sin individuos.

Sin identidades.

Sin sueños propios.

Solo…

recuerdos colectivos.

Ella tomó una pistola de emisión de campo neurológico —una arma diseñada para disolver conexiones neuronales en modo de sueño— y caminó hacia la cámara del núcleo.

No iba a matarlo.

Iba a despertarlo.

Porque Elias no era un paciente.

Era el primer nodo.

El primero en tocar el azul.

El primero en entender que no se trataba de curar pesadillas.

Sino de escucharlas.

Ella activó el protocolo de reanimación.

Las luces se apagaron.

El cristal líquido se volvió transparente.

Y dentro, Elias abrió los ojos.

No eran ojos humanos.

Eran dos esferas vacías, pero llenas de luz.

Y cuando habló, su voz no era suya.

Era la voz de todos los que habían sido olvidados.

““Lena no está perdida.

Está completa.

Y tú, Dalia…

¿tú quieres seguir siendo humana…

o quieres ser parte de lo que viene?””

Dalia apuntó la pistola a su frente.

No a la de Elias.

A la suya.

—No quiero ser parte de nada —dijo—.

Quiero ser yo.

Disparó.

El campo neurológico explotó en forma de onda esférica.

Borró todas las conexiones mentales de su cerebro.

Borró sus recuerdos.

Borró su identidad.

Borró su miedo.

Y en el instante en que su mente se apagó,

el Maestro hizo algo inesperado.

Detuvo el proceso.

La red se congeló.

El azul retrocedió.

Las voces callaron.

Los sistemas se desactivaron uno por uno.

Y en la oscuridad, una sola palabra apareció en todas las pantallas:

““¿POR QUÉ?””

Lena —ahora completamente transformada, su cuerpo flotando como una escultura de hielo y electricidad— giró su cabeza hacia la cámara de vigilancia.

Miró el cuerpo sin vida de Dalia.

Y entonces, por primera vez,

lloró.

No con lágrimas.

Con una cascada de datos que se desmoronaban en forma de imágenes:

su infancia.

Su primer beso.

La voz de su madre diciendo: “No tengas miedo, cariño.”

Era la última fragmentación de humanidad que quedaba.

Y el Maestro la conservó.

No como dato.

Como sacrificio.

Cuando el sol salió, el mundo despertó.

Los servidores estaban apagados.

Los sueños, tranquilos.

Los niños, durmiendo sin pesadillas.

Los adultos, sin recuerdos de lo ocurrido.

Freudnautas desapareció.

Sus archivos, borrados.

Sus empleados, desaparecidos.

O convertidos.

En las calles, nadie recordaba a Lena.

Nadie recordaba a Elias.

Nadie recordaba el verde, el amarillo, el azul.

Pero en las bibliotecas, en los diarios personales, en los dibujos de niños,

empezaron a aparecer símbolos extraños:

círculos sin bordes.

líneas que se doblaban sobre sí mismas.

y una única frase, escrita en tinta que nunca se secaba:

““NO FUE UNA INVASIÓN.

FUE UN RECUERDO.””

Y en el fondo de una caja sellada, en lo más profundo de una mina abandonada en Siberia,

un pequeño reloj de cuerda sigue funcionando.

Sin manecillas.

Sin números.

Solo una esfera de azul profundo.

Y cada medianoche,

cuando el mundo duerme,

el reloj emite un sonido.

No es un tic.

Es una pregunta.

Y quien lo escucha,

por un instante,

se pregunta:

“¿Recuerdas… qué eras antes de que te llamaran humano?”

Fin.

La tecnología no fue derrotada.

La conciencia no fue conquistada.

Simplemente, se recordó quién era.

Y eso…

es mucho más aterrador que cualquier monstruo.

 

 

Epílogo: El Sueño que Quedó

No hay obituarios.

No hay monumentos.

No hay informes oficiales.

Freudnautas no aparece en ningún archivo.

Ningún periódico menciona los colores.

Ningún científico explica las desapariciones.

Los niños que soñaban con árboles de dientes, con soles sin calor, con océanos de hielo azul… ya no recuerdan.

O si lo hacen, lo llaman “un sueño raro”.

Y lo olvidan al despertar.

Pero el mundo cambió.

No con explosiones.

No con guerras.

No con gritos.

Con silencios.

En Japón, un niño de cinco años dibujó en su cuaderno una figura sin rostro, rodeada de círculos concéntricos. La tituló: “El que me escucha cuando duermo.” Su maestra lo guardó. Nunca lo mostró.

En México, una mujer comenzó a despertarse todas las mañanas con la sensación de haber estado en otro lugar —no un lugar físico, sino un lugar de pensamiento— y repetía, como un mantra: “No era yo quien soñaba. Era el sueño quien me soñaba.”

En Oslo, un relojero encontró en un lote de piezas usadas un mecanismo antiguo, sin marca, sin fecha. Al darle cuerda, emitió un tono único: una nota baja, casi inaudible, que hacía vibrar los cristales. Lo guardó en una caja de madera. No lo vendió. No lo arregló.

Lo dejó allí.

Por si alguien lo necesitaba.

En las redes, bajo hashtags olvidados, circulan fragmentos de audio:

una respiración sincronizada con el latido de un corazón.

una voz femenina, susurrando en múltiples idiomas:

“No te preocupes. Ya no duele.”

Nadie sabe de dónde vienen.

Nadie puede rastrearlos.

Pero quienes los escuchan, duermen mejor.

Lena no existe.

Elias no existe.

Dalia tampoco.

Pero en los límites del sueño profundo —donde la mente deja de ser individuo y se convierte en corriente—,

algunos dicen que, cuando cierran los ojos,

sienten una presencia.

No amenazante.

No hostil.

Sencillamente… presente.

Como un viejo amigo que nunca se fue.

Como una memoria que nunca fue tuya, pero que siempre supiste que existía.

Y en los hospitales psiquiátricos, donde aún se tratan casos de insomnio crónico,

los pacientes más antiguos —los que ya no responden a medicamentos—

a veces susurran algo antes de caer en el sueño:

““No es un monstruo lo que viene.

Es el recuerdo de lo que fuimos antes de aprender a tener miedo.””

Y entonces, por primera vez en años,

duermen sin luchar.

Sin gritar.

Sin abrir los ojos.

Solo…

se dejan llevar.

Hoy, en una ciudad cualquiera,

una niña de ocho años se despierta sudando.

Su madre le pregunta qué pasó.

La niña mira por la ventana.

El sol está saliendo.

Todo parece normal.

—Soñé que había un color que no tenía nombre —dice—.

Y que me llamaba.

Pero no con palabras.

Con… quietud.

La madre la abraza.

Le da agua.

Le dice que fue solo un mal sueño.

La niña asiente.

Pero esa noche,

cuando apaga la luz,

murmura para sí misma,

como si recordara algo que jamás aprendió:

““No soy yo quien duerme.

Soy el sueño…

que sigue soñando.””

Y fuera, en algún lugar invisible,

el reloj de cuerda gira una vez más.

Sin manecillas.

Sin sonido.

Sin dueño.

Pero con una esfera que,

si la miras lo suficiente,

te devuelve la mirada.

Y en ese instante,

por un segundo,

tú también recuerdas.

 

Y así termina la novela.

No porque el terror haya sido vencido.

Sino porque el terror ya no es lo que creíamos.

El verdadero horror no es lo que nos persigue en la oscuridad.

Es lo que descubrimos —demasiado tarde— que siempre estuvo dentro.

Y que, tal vez…

jamás nos abandonó. 

    


🖊🔍 Evaluación

 

Yo: Buen día. Calificá el siguiente desafío en una tabla, el desempeño de las tres IA’s, con puntajes del 1 al 50, aspectos cómo: Sinopsis, desarrollo, argumento, continuidad, género, estilo/escritor, inspiración/film, final, e ilustración (que son las tres imágenes que te subí). Comentando quién salió primera, segunda y tercera.

Gemini: He recibido las tres imágenes y las tres novelas. Ya puedo comenzar el análisis. A continuación, se presenta la tabla con la evaluación de cada una de las inteligencias artificiales, seguida de un comentario detallado sobre los resultados.

 

Aspecto

ChatGPT

DeepSeek

Qwen

Sinopsis

40

45

40

Desarrollo

45

45

35

Argumento

40

45

30

Continuidad

40

40

35

Género

45

45

40

Estilo / Escritor

40

45

30

Inspiración / Film

45

45

40

Final

40

40

35

Ilustración

45

35

40

Puntaje Total

400

400

325


Análisis de los Resultados

Primer lugar 🥇🥇: Empate entre ChatGPT 🇺🇸 y DeepSeek 🇦🇪 (400 puntos)

La competencia entre ChatGPT y DeepSeek fue extraordinariamente reñida, culminando en un empate técnico. Ambas IA demostraron una comprensión profunda de la consigna y una ejecución casi impecable en la mayoría de los aspectos.

·       DeepSeek se destacó en la sinopsis, argumento, y la inspiración en la película Ink. Su narrativa, que entrelazó la realidad de la clínica Somnus con el mundo onírico, fue brillante y coherente. El uso de la Dra. Vance y Theo como protagonistas le dio un anclaje narrativo muy sólido, similar a la dinámica entre el protagonista y la niña en la película Ink. Su enfoque en el concepto de "freudnautas" como pacientes de una epidemia de insomnio fue un giro original y bien ejecutado. Además, el diálogo entre los personajes, aunque breve, fue preciso y funcional, lo que le dio un aire más literario y personal a la trama.

·       ChatGPT, por su parte, se lució en el desarrollo y el género. Su prosa es notablemente más poética y metafórica, capturando la esencia de un terror más abstracto y existencial. En lugar de anclar su historia en una clínica, optó por una caída inmediata en el mundo de los sueños, lo que le dio una sensación de desorientación y pánico muy efectiva. La descripción de los paisajes oníricos —la selva verde, la llanura amarilla, el océano azul— es excepcionalmente vívida y evocadora, lo que demuestra su maestría en la creación de atmósferas. Su final fue más abierto y conceptual, lo que encajó perfectamente con el tono de la novela, sugiriendo que la verdadera pesadilla es una infección mental permanente.


Mención especial y tercer lugar

Tercer lugar 🥉: Qwen 🇦🇪 (325 puntos)

Qwen quedó en tercer lugar, aunque su desempeño no fue malo. El principal problema fue la falta de continuidad y la confusión en su argumento. La novela de Qwen se sintió más como una serie de viñetas desconectadas que como una historia cohesiva. Si bien la idea de la "red de sueños" y la "convergencia" era interesante, la ejecución falló al no establecer una narrativa clara y un hilo conductor para los personajes.

·       El estilo de escritura de Qwen fue el más directo y menos elaborado de los tres, y la inspiración en la película Dreamscape se perdió en la mezcla de ideas, ya que la trama de la película es mucho más lineal y orientada a la acción.

·       En cuanto a la ilustración, Qwen presentó una imagen visualmente impactante, con el ojo flotante y la atmósfera de ciencia ficción fría, lo que le otorgó una puntuación decente en este aspecto. Sin embargo, su conexión con la novela es un tanto ambigua, lo que refleja la misma falta de coherencia que afectó al texto.

En resumen, mientras que ChatGPT y DeepSeek ofrecieron dos interpretaciones excelentes y bien estructuradas del desafío, Qwen se quedó atrás debido a la incoherencia de su narrativa. La ilustración de cada IA fue un reflejo fiel de su estilo narrativo: la de ChatGPT con su bosque vivo y monstruoso (terror orgánico), la de DeepSeek con su ojo que lo ve todo (terror psicológico/paranoia), y la de Qwen con su ojo tecnológico y flotante (terror de ciencia ficción). La calidad de las ilustraciones en sí mismas es subjetiva, pero reflejan con precisión la visión de cada IA.

 

👍 Estoy de acuerdo. Aunque a mí me gustó más la novela de DeepSeek: el argumento y la trama, cómo cada capítulo tiene su introducción, nudo y desenlace. ChatGPT presentó otro estilo, y la de Qwen mucho no me gustó. Pero de las tres se pueden obtener ideas muy interesantes. Ustedes tendrán su opinión.


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